30 de Mayo de 2017  09:48
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Edición nº 5647
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COLUMNA DE OPINION - SAN ISIDRO

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Todos sufrimos la inseguridad pero los que más la sufren son los más pobres

Por monseñor Oscar Ojea ::: El obispo de San Isidro llama a la reflexión sobre el grado de violencia que ha alcanzado la sociedad y convoca a un compromiso general con diálogo social




Estimados amigos y amigas:

Les escribo esta carta para compartir con ustedes algunas reflexiones sobre una preocupación común: la inseguridad que vivimos y el modo en el que nuestras comunidades están atravesando esta dolorosa situación. Preocupado por acontecimientos que suceden en la diócesis y en otros lugares del país, quisiera aportar desde la mirada de la fe algunos elementos para el diálogo fraterno sobre este tema de gran relevancia social.

Por un lado, vivimos la amenaza diaria de hechos de inseguridad en nuestras calles y en nuestras casas. Tenemos miedo. Este miedo condiciona nuestras rutinas. No se trata sólo de robos sino que se pone en juego la vida, como si ya no valiera nada. En casi todas las familias hay alguien que ha sido robado, atacado o golpeado. Expreso mi solidaridad hacia las víctimas de estas formas de violencia, quienes muchas veces se sienten indefensos y con pocas posibilidades de que se haga justicia. Además, quienes delinquen muchas veces están armados y frecuentemente lo hacen bajo los efectos del consumo de drogas.

Por otro lado, frente a la escalada de inseguridad, algunas personas tienen armas en sus casas y esto ha provocado también muertes. Las fuerzas de seguridad son requeridas para actuar en estas situaciones y sabemos que muchos de sus integrantes exponen su vida valientemente al hacerlo, haciendo honor a su profesión. Sin embargo se han dado situaciones de exceso en la violencia represiva, a veces por falta de experiencia y a veces por falta de formación. Personas de nuestras comunidades más vulnerables relatan episodios de “gatillo fácil” y de haber recibido brutales golpizas. Estas noticias no siempre salen en los medios de comunicación. Necesitamos fuerzas de seguridad respetadas y apreciadas por la comunidad.

Todos, de alguna manera, sufrimos la inseguridad. Pero los que más la sufren son los más pobres, los que viven en barrios más alejados y periféricos. Muchos de ellos viven aterrados, con mucho miedo de hablar, experimentando la soledad y, sobre todo, la desprotección.

Como todos ustedes, los sacerdotes de la Diócesis y yo, pensamos mucho en estas cosas y buscamos los modos de acompañar un proceso de transformación de esta realidad.

¿Cómo iluminar esta problemática desde la fe para encontrar juntos una salida? Estuve releyendo la Carta Pastoral que Monseñor Casaretto envió a toda la diócesis en 1999. La Carta se llama: “Seguridad, ¿Para todos?”. Pueden encontrarla en http://www.obispado-si.org.ar/seguridad-para-todos/. Recomiendo su lectura.

Hay tres aspectos que les propongo que consideremos especialmente en esta oportunidad: la dignidad de la persona frente a la cultura del descarte; el concepto de “cuidado” y, por último, los aportes que podemos hacer para una política de seguridad desde el concepto del “cuidado”.

La dignidad de la persona frente a la cultura del descarte

Nos dice el Papa Francisco: “En las condiciones actuales de la sociedad mundial, donde hay tantas inequidades y cada vez son más las personas descartables (… la opción preferencial por los pobres) implica sacar las consecuencias del destino común de los bienes de la tierra, pero, como he intentado expresar en la Exhortación apostólica Evangelii Gaudium, exige contemplar ante todo la inmensa dignidad del pobre a la luz de las más hondas convicciones creyentes. Basta mirar la realidad para entender que esta opción hoy es una exigencia ética fundamental para la realización efectiva del bien común.” (Laudato Si, Nº 158)

Las palabras del Santo Padre nos hablan del valor de la vida siempre y en toda circunstancia. El fenómeno de la exclusión social abarca aspectos educativos, habitacionales, familiares-vinculares, laborales, de salud, etc. A todas estas carencias hay que abordarlas integralmente.
Son muchas las historias de personas –en especial los jóvenes- que delinquen por y para poder seguir consumiendo drogas. Este flagelo los ha dejado cautivos de esta situación y sienten que su vida –y por lo tanto la de los demás- no tiene ningún valor. Por eso es necesario llegar a la raíz de la exclusión para poder caminar juntos hacia una sociedad pacificada en la que todos tengan su lugar.

Existe también una forma de violencia que es causa fundamental de la inseguridad y que muchas veces no la percibimos porque la hemos “naturalizado”: se trata de la violencia generada por la inequidad socioeconómica entre sectores que están muy próximos en el espacio, pero muy alejados en cuanto a la realidad que les toca vivir cotidianamente. Esto incluye las situaciones de derroche que se muestran especialmente violentas a los ojos de quienes sufren graves necesidades.

Estos tipos de violencias sociales quiebran la fraternidad. Y nos dividen. Rompen el vínculo que tenemos con los otros.

Esta actitud está representada en la Biblia por las palabras de Caín, cuando el Señor le pregunta: “¿Dónde está tu hermano?” y él responde: “¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?” (Génesis 4,9). Así lo dice también el Papa Francisco en Evangelii Gaudium Nº 59: “Hoy en muchas partes se reclama mayor seguridad. Pero hasta que no se reviertan la exclusión y la inequidad dentro de una sociedad y entre los distintos pueblos será imposible erradicar la violencia.”

El concepto de “cuidado”

Frente a la cultura del descarte, el Papa propone otra lógica, la del cuidado de la vida. Se trata de cuidarnos unos a otros pero no en contra de terceros, sino incluyéndolos, procurando para todos el acceso a la tierra, al techo y al trabajo.

En nuestra cultura, el modelo del cuidado lo buscamos en la madre. Tomando esa referencia, debemos potenciarla como modelo para el cuidado social: así como en una familia la madre se hace cargo de todos sus hijos, en especial de los más vulnerables, del mismo modo, como sociedad debemos hacernos cargo de todos los hermanos, sobre todo de los más frágiles.

Estamos lejos de vivir este estilo de cuidado como sociedad. Tenemos niños viviendo en la “intemperie social”: crecen solos, no se educan, no festejan el cumpleaños y nadie les lee un cuento.

Esta forma de entender el cuidado mutuo se funda en nuestro profundo vínculo fraterno. Nuestra fe nos dice que Dios es nuestro Padre y que cada ser humano es mi hermano, mi hermana y por lo tanto digno de ser cuidado/a y acompañado/a.

Aportes a una política de seguridad desde el concepto del “cuidado”

Obviamente, un programa integral de seguridad supone mucha inversión de tiempo y dinero y la necesidad de un consenso que sea fruto de un diálogo abierto, sincero y comprometido con la realidad.

Sin embargo en este tiempo crítico es clave trabajar mucho en la formación y capacitación de nuestras fuerzas de seguridad. Es preciso prepararlas adecuadamente para la misión tan delicada que se les asigna: el cuidado de la vida y de los bienes de las personas que viven en su comunidad.

Sobre este tema me permito compartirles algunas observaciones desde la experiencia pastoral:

1. Es necesario lograr vínculos confiables entre las fuerzas de seguridad y el resto de la sociedad, por medio de una cercanía humilde, respetuosa y servicial.
2. Me parece importante que, además de los organismos institucionales de control, haya algún tipo de observatorio integrado por vecinos y organizaciones sociales autónomas que puedan acompañar y auditar su funcionamiento. Si bien las observaciones no serían vinculantes, las autoridades deberían estar muy atentas a los comentarios y aportes que reciban por parte de estos vecinos y organizaciones.
3. Es importante también la calidad y madurez humana de los aspirantes, porque como sociedad les estamos otorgando un poder que incluye el manejo de un arma. Esto puede ser peligroso en personas no preparadas y puede derivar en abusos de autoridad.
4. Debemos trabajar sin prejuicios. No podemos mirar a nuestros jóvenes en estado de riesgo social como si se tratara de vagos, inútiles, adictos y peligrosos, y mucho menos meter a todos “en la misma bolsa”. Incluso quienes delinquen, en muchos casos, han sido víctimas de un sistema social y cultural que los ha descartado y sufren las consecuencias de una pobreza estructural que tal vez viene de varias generaciones de padres sin un trabajo estable. Detrás de esta realidad que padecen desde niños, debemos mirar al joven lleno de capacidades aún no desarrolladas, de anhelos y dolores no escuchados, de frustraciones y estigmatizaciones. Es un “capital humano” no visualizado ni aprovechado por la sociedad.
5. Es fundamental proveer el equipamiento y la retribución adecuada para las fuerzas de seguridad en atención al propio cuidado, a la dignidad de su trabajo y a la delicada función que cumplen en la sociedad.

Conclusión: construyamos el diálogo social.

Estas reflexiones sólo pretenden ser una invitación a iniciar un diálogo abierto y sincero. El tema requiere una reflexión serena y equilibrada con mucha franqueza y capacidad de escucharnos. Este diálogo no puede ser reducido a una lógica de intereses políticos electoralistas o de sectores de poder, manipulando el drama de la violencia para ver quién se beneficia o a quién se perjudica. El aporte de la Iglesia no puede ser interpretado desde esas lógicas.
Al encontrarnos cerca de la Navidad, que es un tiempo privilegiado para pedirle al Niño Dios el Don de la Paz para nuestra Patria y nuestras familias, los invito a seguir trabajando, reflexionando y rezando para que el Señor nos ayude a enfrentar estas realidades que tanto nos afligen y encontrar caminos de solución.

María de Luján, Madre de los argentinos, siempre cercana a nuestros dolores y preocupaciones, nos acompañe con su intercesión.

Con mi fraterna bendición.

Oscar V. Ojea
Obispo de San Isidro


  (Opinión / InfoBAN) Publicada el  22/11/2016 | 11:31


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